domingo, 13 de diciembre de 2020

Porque la vida puede ser maravillosa

"Un genio inconsciente de su genialidad". Así definia Antoni Daimiel a su gran amigo, a Andrés Montes. El pasado mes de octubre se cumplieron once años desde que Andrés nos dejó y sin lugar a dudas, sigue estando en nuestra memoria. Montes, una persona que al verla siempre me transmitió buen rollo, buena onda, buen feeling... transmitía alegría. Era un comentarista que al escucharlo te subía el ánimo al momento.

Sentía un subidón cuando empezaba a escuchar la sintonía que ponían antes de empezar. Siempre empezaba con su voz tan característica diciendo "Bienvenidos al curso baloncestístico..." y de ahí hasta el final del partido, en el cual siempre ponían buena música, se me pasaba volando.

Tengo que reconocer que la NBA me ha gustado mucho antes de empezar a escucharle en los partidos, pero sus retransmisiones con el gran Antoni Daimiel eran algo más que una narración de un partido de la NBA. Podían hablar de comida, eran capaces de que un partido soporifero pasara volando con sus comentarios, sus anécdotas. Todo el rato estabas enchufado escuchando sus conversaciones, cómo por ejemplo debatir que unos novios se casen el mismo día que se celebra un Barcelona-Madrid.

Hizo que sus motes entraran a formar parte de mi vocabulario: "Vilma, ábreme la puerta", "Vaya pincho de merluza", "Es muy fácil, si lo intentas" y muchos más.

Recuerdo aquellas noches en las cuales, en ese momento, olvidabas los problemas del día a día, eran ellos y yo viendo un partido de baloncesto. Pasaron muchas cosas en mi vida, pero siempre intentaba no perderme sus partidos. En la época del nacimiento de mis hijos me hicieron sobrellevar aquellas noches de biberones. No quiero pensar las horas de sueño que esta pareja me ha quitado, pero realmente merecían la pena.

Fue un palo enorme el hecho de que los caminos de Montes y Daimiel se separaran, pero siempre tuve la esperanza de que se volvieran a encontrar y comentaran juntos los partidos. Actualmente las retransmisiones de Guille Giménez y Daimiel son una auténtica delicia y me hacen recordar en cierta manera aquellas mágicas madrugadas. 

Montes, siempre me pareció una persona que me hubiera encantado conocer, parecía sencilla y con un gran corazón. No hay nada más que escuchar a toda la gente que trabajó con él, que le sigue recordando con mucho cariño.

Sólo puedo darle las gracias a él y a Daimiel por aquellos ratos tan buenos que me hicieron pasar y por recordarme cada día una cosa: ¡QUE LA VIDA PUEDE SER MARAVILLOSA!

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