Hubo un día que una ciudad no podrá olvidar fácilmente. Un día en que sus habitantes tocaron el cielo. El equipo de la ciudad se había proclamado Campeón de Europa de baloncesto y yo tuve la suerte de vivir en primera persona.
Para los que hemos nacido
y vivido en Badalona lo ocurrido el año 1.994 quedará grabado siempre en
nuestras retinas. Debo reconocer que siendo de esta maravillosa ciudad, es muy
difícil no amar el deporte de la canasta (el hecho de que la casa de mis padres
se encuentre a escasos 300 metros del Pabellón Olímpico ha ayudado mucho), pero
aquel triunfo fue la culminación y el reconocimiento a una forma de vida. La
victoria de un deporte (el baloncesto) que es el número uno en la ciudad, por
delante del todopoderoso fútbol. La victoria de un sentimiento, de una
tradición, de un equipo con un núcleo fuerte formado por la cantera, acababa de
derrotar al gran favorito del torneo y un equipo hecho a golpe de talonario,
cómo el Olympiakos griego.
Parece que fue ayer
cuando me dirigía a la mañana siguiente al Instituto, después de haber vivido
una larga noche, una noche que sabía que no iba a olvidar en toda la vida.
Aquel camino dónde solía encontrarme a menudo a jugadores de la Penya cómo
Alfons Albert o Dani Garcia (yendo a entrenar andando, cómo un ciudadano más
muestra el aire cercano del club con la ciudad), me mostraban las caras de
felicidad y satisfacción de la gente. La sonrisa en sus rostros, delataban que
se sentían orgullosos de vivir y sentir ese sentimiento, que es ser de la
Penya.
Un sentimiento que no se
borró cuando tan sólo dos años antes, aquel triple de Sasha Djordjevic rompía
de un plumazo las ilusiones de toda la ciudad y daba el título europeo a un
Partizan de Belgrado, que disputó muchos encuentros cómo local en Fuenlabrada
debido a la guerra de los Balcanes.
El baloncesto hizo
justicia y devolvía de la mano de Zelkjo Obradovic (precisamente el entrenador
que dirigía a Partizan), el título que se había escapado de forma tan cruel,
aquella maldita noche en Estambul.
Dirigidos por uno de los
mejores entrenadores de Europa (si no el mejor), junto a un grupo de jugadores
formados en el club cómo los hermanos Jofresa, Villacampa, Dani Pérez, Iván
Corrales, Alfons Albert o Dani García y a jugadores de la talla de Ferran Martinez,
Corny Thompson, Mike Smith o Juanan Morales fueron capaces de derrotar a clubs
más poderosos económicamente.
Dejaron por el camino,
nada más y nada menos que al Madrid de Sabonis en cuartos y a un Barcelona en
semifinales, al que derrotaron muy cómodamente por 65 a 79 y que mostraba una
vez más la maldición de Aito en las Final Four, pero es otra historia.
La final no fue
precisamente una oda al ataque y al buen juego, pero sí que fue un encuentro en
el que la emoción duró hasta el final. La victoria por 57 a 59 era la victoria
de un club, de una pequeña ciudad que lograba derrotar a todo un Olympiakos que
a base de talonario había logrado juntar a jugadores de la talla de Paspalj,
Tarpley, Fassoulas o Sigalas.
Un 21 de abril de 1.994
en Tel Aviv, ganó una forma de entender y de vivir el baloncesto. La victoria
de una cantera que parece no acabar nunca: Margall, los Jofresa, Villacampa,
Rudy Fernández, Ricky Rubio o Pau Ribas pueden dar fe de ello. Un triunfo que
hoy en día los más pequeños en Badalona, junto a su pelota de baloncesto,
sueñan en repetir.
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