viernes, 18 de diciembre de 2020

El día en que Badalona tocó el cielo con sus manos

Hubo un día que una ciudad no podrá olvidar fácilmente. Un día en que sus habitantes tocaron el cielo. El equipo de la ciudad se había proclamado Campeón de Europa de baloncesto y yo tuve la suerte de vivir en primera persona.

Para los que hemos nacido y vivido en Badalona lo ocurrido el año 1.994 quedará grabado siempre en nuestras retinas. Debo reconocer que siendo de esta maravillosa ciudad, es muy difícil no amar el deporte de la canasta (el hecho de que la casa de mis padres se encuentre a escasos 300 metros del Pabellón Olímpico ha ayudado mucho), pero aquel triunfo fue la culminación y el reconocimiento a una forma de vida. La victoria de un deporte (el baloncesto) que es el número uno en la ciudad, por delante del todopoderoso fútbol. La victoria de un sentimiento, de una tradición, de un equipo con un núcleo fuerte formado por la cantera, acababa de derrotar al gran favorito del torneo y un equipo hecho a golpe de talonario, cómo el Olympiakos griego. 

Parece que fue ayer cuando me dirigía a la mañana siguiente al Instituto, después de haber vivido una larga noche, una noche que sabía que no iba a olvidar en toda la vida. Aquel camino dónde solía encontrarme a menudo a jugadores de la Penya cómo Alfons Albert o Dani Garcia (yendo a entrenar andando, cómo un ciudadano más muestra el aire cercano del club con la ciudad), me mostraban las caras de felicidad y satisfacción de la gente. La sonrisa en sus rostros, delataban que se sentían orgullosos de vivir y sentir ese sentimiento, que es ser de la Penya. 

Un sentimiento que no se borró cuando tan sólo dos años antes, aquel triple de Sasha Djordjevic rompía de un plumazo las ilusiones de toda la ciudad y daba el título europeo a un Partizan de Belgrado, que disputó muchos encuentros cómo local en Fuenlabrada debido a la guerra de los Balcanes.

El baloncesto hizo justicia y devolvía de la mano de Zelkjo Obradovic (precisamente el entrenador que dirigía a Partizan), el título que se había escapado de forma tan cruel, aquella maldita noche en Estambul.

Dirigidos por uno de los mejores entrenadores de Europa (si no el mejor), junto a un grupo de jugadores formados en el club cómo los hermanos Jofresa, Villacampa, Dani Pérez, Iván Corrales, Alfons Albert o Dani García y a jugadores de la talla de Ferran Martinez, Corny Thompson, Mike Smith o Juanan Morales fueron capaces de derrotar a clubs más poderosos económicamente.

Dejaron por el camino, nada más y nada menos que al Madrid de Sabonis en cuartos y a un Barcelona en semifinales, al que derrotaron muy cómodamente por 65 a 79 y que mostraba una vez más la maldición de Aito en las Final Four, pero es otra historia.

La final no fue precisamente una oda al ataque y al buen juego, pero sí que fue un encuentro en el que la emoción duró hasta el final. La victoria por 57 a 59 era la victoria de un club, de una pequeña ciudad que lograba derrotar a todo un Olympiakos que a base de talonario había logrado juntar a jugadores de la talla de Paspalj, Tarpley, Fassoulas o Sigalas. 

Un 21 de abril de 1.994 en Tel Aviv, ganó una forma de entender y de vivir el baloncesto. La victoria de una cantera que parece no acabar nunca: Margall, los Jofresa, Villacampa, Rudy Fernández, Ricky Rubio o Pau Ribas pueden dar fe de ello. Un triunfo que hoy en día los más pequeños en Badalona, junto a su pelota de baloncesto, sueñan en repetir. 

domingo, 13 de diciembre de 2020

Porque la vida puede ser maravillosa

"Un genio inconsciente de su genialidad". Así definia Antoni Daimiel a su gran amigo, a Andrés Montes. El pasado mes de octubre se cumplieron once años desde que Andrés nos dejó y sin lugar a dudas, sigue estando en nuestra memoria. Montes, una persona que al verla siempre me transmitió buen rollo, buena onda, buen feeling... transmitía alegría. Era un comentarista que al escucharlo te subía el ánimo al momento.

Sentía un subidón cuando empezaba a escuchar la sintonía que ponían antes de empezar. Siempre empezaba con su voz tan característica diciendo "Bienvenidos al curso baloncestístico..." y de ahí hasta el final del partido, en el cual siempre ponían buena música, se me pasaba volando.

Tengo que reconocer que la NBA me ha gustado mucho antes de empezar a escucharle en los partidos, pero sus retransmisiones con el gran Antoni Daimiel eran algo más que una narración de un partido de la NBA. Podían hablar de comida, eran capaces de que un partido soporifero pasara volando con sus comentarios, sus anécdotas. Todo el rato estabas enchufado escuchando sus conversaciones, cómo por ejemplo debatir que unos novios se casen el mismo día que se celebra un Barcelona-Madrid.

Hizo que sus motes entraran a formar parte de mi vocabulario: "Vilma, ábreme la puerta", "Vaya pincho de merluza", "Es muy fácil, si lo intentas" y muchos más.

Recuerdo aquellas noches en las cuales, en ese momento, olvidabas los problemas del día a día, eran ellos y yo viendo un partido de baloncesto. Pasaron muchas cosas en mi vida, pero siempre intentaba no perderme sus partidos. En la época del nacimiento de mis hijos me hicieron sobrellevar aquellas noches de biberones. No quiero pensar las horas de sueño que esta pareja me ha quitado, pero realmente merecían la pena.

Fue un palo enorme el hecho de que los caminos de Montes y Daimiel se separaran, pero siempre tuve la esperanza de que se volvieran a encontrar y comentaran juntos los partidos. Actualmente las retransmisiones de Guille Giménez y Daimiel son una auténtica delicia y me hacen recordar en cierta manera aquellas mágicas madrugadas. 

Montes, siempre me pareció una persona que me hubiera encantado conocer, parecía sencilla y con un gran corazón. No hay nada más que escuchar a toda la gente que trabajó con él, que le sigue recordando con mucho cariño.

Sólo puedo darle las gracias a él y a Daimiel por aquellos ratos tan buenos que me hicieron pasar y por recordarme cada día una cosa: ¡QUE LA VIDA PUEDE SER MARAVILLOSA!

martes, 8 de diciembre de 2020

El día en que Reggie Miller mandó callar a los aficionados de New York

 Reggie Miller sin lugar a dudas, es uno de los grandes tiradores de la historia del baloncesto. Miembro del Salón de la Fama, su mecánica de tiro, sus 2.560 triples anotados en la NBA y su facilidad para anotar en los momentos calientes de los partidos, e avalan perfectamente. Un claro ejemplo de jugador resolutivo, nos lo mostró el día que fue capaz de anotar ocho puntos en menos de diez segundos.

Pero antes de adentrarnos en esta historia en sí, conviene hacer un poco de memoria:

A mediados de la década de los 90, la rivalidad entre dos de los equipos que militan en la NBA vivió su momento más álgido. Los enfrentamientos que disputaban New York Knicks y Indiana Pacers hacían saltar chispas. Sus partidos eran sinónimo de dureza, provocaciones, tánganas…

Uno de los episodios más espectaculares que se recuerdan, ocurrió en el primer partido de las Semifinales de los Playoffs al título de la temporada 94-95. New York e Indiana se vieron las caras tras derrotar en primera ronda a Cleveland y Atlanta, respectivamente.

El Madison Square Garden de New York, presentaba un lleno hasta la bandera. Todo estaba dispuesto para que New York consiguiera su primera victoria como local, pero...

Partido tenso, en el que New York liderados por su estrella, el pívot integrante del Dream Team Pat Ewing dejaban el partido casi sentenciado (105-99) a falta tan sólo de 18,7 segundos.

Los jugadores de New York celebraban en el banquillo la victoria. Todo el mundo daba el partido por terminado… todos menos Reggie Miller. Como diría el gran Andrés Montes llegó el “Tiempo de Miller, tiempo de killer”.

Miller nada más reanudarse el partido y en tan sólo dos segundos anotaba un triple, dejando la ventaja en tan sólo tres puntos.

Con 16 segundos por disputarse y con tres puntos de ventaja y balón en posesión, New York seguía siendo claro favorito a llevarse la victoria. Pero nada más sacar de fondo New York perdía el balón que llegaba a manos de Miller, a unos cuatro metros de canasta. En circunstancias normales cualquier jugador habría conseguido una canasta fácil, pero Miller tuvo la sangre fría de recular hacía la línea de tres y lanzar y anotar otro triple, que dejaba las tablas en el marcador.

En tan sólo cinco segundos Miller había sido capaz de empatar el partido y de dejar en un completo silencio el Madison Square Garden. Los jugadores de New York habían entrado en estado de shock, no se creían lo que les estaba pasando.

New York sacaba de nuevo de fondo y tras poner la pelota en juego, Indiana cometía falta sobre John Starks,  su base titular. Starks fue a la línea de personal y con el brazo encogido no logró anotar ninguno de los dos lanzamientos, dejando la última jugada del partido para Indiana.

Incomprensiblemente New York cortó la jugada haciendo falta sobre Miller que no desaprovechó la oportunidad y anotando los dos tiros libres ponía en ventaja en el marcador a Indiana. El final de partido de New York fue esperpéntico, siendo éstos incapaces de lanzar a canasta en la última jugada.

Indiana ganó este primer partido (con 31 puntos de Reggie Miller) y derrotó a New York en el séptimo partido de la serie, aunque caerían derrotados en la final de la Conferencia Este ante los Orlando Magic de un joven pívot que empezaba a despuntar en la Liga, Shaquille O´Neal.

sábado, 5 de diciembre de 2020

Los nuevos Atlanta Hawks con licencia para volar

 El aficionado de Atlanta Hawks vuelve a sonreír y no es para menos. Si hay un equipo que se ha movido bien en esta agencia libre reestructurando su plantilla, no es otro que el dirigido por Lloyd Pierce. Las nuevas adquisiciones ilusionan en una franquicia que aspira cómo poco a volver a jugar los Playoffs, tras no aparecer en ellos las tres últimas campañas.

Sin ningún tipo de dudas, Trae Young seguirá siendo el jugador franquicia y director de orquesta del equipo. Young a sus 22 años acaparará el juego y gran parte de los minutos desde la posición de base. El tejano que promedió más de 29 puntos y 9 asistencias por partido la pasada campaña, tendrá cómo escudero de lujo nada más y nada menos que a todo un campeón de la NBA, cómo Rajon Rondo.

Rondo, recién salido de los flamantes campeones en la burbuja de Orlando, Los Ángeles Lakers, aportará puntos y asistencias a unos Hawks necesitados de ello. A sus 34 años, podrá compartir minutos de escolta o de base en los momentos en que Young no esté en cancha. El cuatro veces All Star, con su veteranía y dos anillos en sus manos, debe ser el mentor y puede ser la mezcla perfecta del aún joven Trae Young.

A estos dos grandes jugadores, se les suma una nueva adquisición de los últimos días en el puesto de base. Éste no es otro que Kris Dunn, el que fuera elegido en el número 5 de la 1ª ronda del draft de 2016 por los Minnesota Timberwolves. La llegada de Dunn procedente de los Chicago Bulls viene a ampliar el roster de los de Atlanta. Si bien no es un jugador de relumbrón y que parece un poco estancado, sí que es muy interesante a nivel defensivo y cómo fondo de armario.

Una de las grandes deficiencias de los últimos años de los Hawks ha sido la falta de puntos. El bagaje ofensivo era muy pobre y para resolver este problema, ha mirado a jugadores del viejo Continente, contratando a Bogdan Bogdanovic y a Danilo Gallinari.

Bogdanovic, procedente de Sacramento Kings será la gran amenaza en el tiro exterior. Sus 15 puntos de promedio la pasada campaña dan fe de ello. El escolta serbio descartó enrolarse en los Milwaukee Bucks y percibirá 72 millones de dólares en las próximas cuatro temporadas. Por su parte el italiano Danilo Gallinari, aportará su clase y su lanzamiento desde media y larga distancia. A sus 32 años, ya asentado en la Liga durante muchos años se desembolsará 61,5 millones de dólares en los próximos tres años.

En la pintura, hombres cómo John Collins y Clint Capela y en menor medida Kevin Huerter y De´Andre Hunter, deben aportar puntos e intimidación. Collins hizo una muy buena temporada pasada promediando más de veinte puntos por partido y es de todos sabido, la capacidad que tiene Clint Capela en la captura de rebotes.

Otras incorporaciones quizás no tan llamativas, pero que pueden ser un revulsivo desde el banquillo son Solomon Hill, que llega de ser finalista con los Miami Heat y el elegido en la posición número seis de este pasado draft cómo es Onyeka Okonwu.

Atlanta tiene todos los mimbres para volar alto esta temporada y porqué no intentar parecerse a aquellos Hawks de Teague, Horford, Millsap y Korver que hace seis años fueron capaces de conseguir sesenta victorias en el curso 2014-2015.

La única pega, será no poder contar con Vince Carter, que se retiró la pasada temporada.  Sea cómo fuere este año, Atlanta tiene licencia para volar.

sábado, 21 de noviembre de 2020

Segundas partes sí pueden ser buenas

¿Quién no ha escuchado alguna vez, que segundas partes nunca fueron buenas?. Pues bien, el regreso de Ricky Rubio a los Minnesota Timberwolves es ya un hecho. El base del Masnou volverá a la que fue su casa durante seis años y de la que marchó en el año 2.017. Regresa tres años después, con la intención de asentarse, ser un referente en el equipo y decidido a que segundas partes sí puedan serlo.

 

Ricky, tras una buena temporada en Phoenix, en la que los Suns estuvieron a punto de entrar en los Playoffs, vio cómo de la noche a la mañana era traspasado a Oklahoma City Thunder, por el base All Star, Chris Paul. Dos días más tarde, en la noche del Draft, era rescatado por Minnesota. Tres equipos, en tres días. Así es el mundo NBA.

 

El caso de Ricky debe ser signo de estudio. Un base aplicado, nada egoista, que hace mejores a sus compañeros, pero que no ha tenido la confianza suficiente para poder seguir liderando dos proyectos muy prometedores de la Conferencia Oeste, cómo son los de Utah Jazz y Phoenix Suns. Quizás su inconsistencia en el lanzamiento exterior (mejorada los últimos años con la ayuda de Raúl López), haya podido ser una de las claves.

 

A sus 30 años y tras proclamarse campeón del mundo y ser el MVP del torneo con la Selección Española el verano pasado, parece haber encontrado una madurez y regularidad, que le vendrán de perlas a los de Minneapolis.

 

El equipo dirigido  por Ryan Saunders (hijo del mítico y ya fallecido, Flip Saunders que entrenara a los Timberwolves de Kevin Garnett, Latrell Sprewell y cía), debe de dar un salto de calidad este año y ser un contender a equipo revelación del año.

 

Pero para que ésto suceda, aparte de  Ricky, se deben sumar para la causa otros jugadores. Uno de ellos, debe ser sin duda, el flamante nº 1 del Draft, Anthony Edwards. Con 19 años, proveniente de la Universidad de Georgia, el escolta-alero, sin duda, se verá beneficiado por las asistencias recibidas  por el base español. Devin Booker, éste pasado año, puede dar fe de ello.

 

A Edwards, hay que incluir nada más y nada menos que a dos All Star, cómo son D´Angello Russell y Karl Anthony Towns. Dos jugadores bastante jóvenes, pero con ya gran experiencia en la Liga. El escolta deberá aportar puntos e intensidad al equipo. El pivot por su parte, tendrá que dar un paso adelante. Sin duda, ésta debe ser sú temporada. Por fin estará rodeado de jugadores que le deben hacer crecer.

 

Si a todo esto, se le suman jugadores cómo Layman, Okogie o quizás también Juancho Hernangomez, saliendo desde el banquillo, nos encontramos que los Timberwolves deben conseguir muchas más victorías que en campañas anteriores.  

 

Ricky, bajo mi punto de vista, vuelve a uno de los mejores lugares dónde puede estar, una vez los Suns se han desprendido de él. Conoce la indiosincracía de la franquícia, es respetado y sobretodo es muy querido por los seguidores de los Timberwolves. Sin duda, regresa decidido a demostrar que segundas partes sí pueden ser buenas.

lunes, 27 de enero de 2020

Lo que compartimos Kobe y yo

Triste, apagado, con un cierto escalofrío que me recorre todo el cuerpo. La sensación de que ya nada será como antes. De que una parte de tu vida, un capitulo se cierra definitivamente. Ese mismo sentimiento que sentí cuando nos dejó, también de forma muy repentina, el gran Andrés Montes.

La trágica notícia del accidente de helicoptero, con la muerte de Kobe Bryant, su hija y los otros siete acompañantes, me ha dejado en estado de shock, pero he querido juntar unas letras después de más de dos años sin hacerlo a modo de homenaje. Unas palabras que salen de mi cabeza de una manera muy personal, pero que me apetece compartir.

La NBA siempre me ha acompañado en este camino que es la vida. Me enganchó por completo en mi infancia, con esas batallas Lakers-Celtics en los años 80 y ya desde entonces formó parte de ella. Ese momento de la madrugada, sólo delante de la TV, esperando a ver el partido, era muy especial. Me servía también para relajarme y asimilar todo aquello que me iba pasando en mi vida, durante el día a día. Una sensación que supongo a más de uno le habrá sucedido y que duró unos veinte años, más o menos los mismos años que estuvo Kobe en la NBA.

Mi vida y la de Kobe no se parecen absolutamente en nada, salvo en la edad (él tenía 41 y yo 42), pero sin que él lo supiera compartimos muchas más cosas...

Kobe irrumpió en la Liga con esa chispa, ese descaro que te da la juventud. Esa misma fuerza que me hacían ver madrugada tras madrugada, un partido tras otro, sin que el cuerpo se resintiera. Las retransmisiones junto a Montes y Daimiel eran una delicia y verlas en el comedor de casa de tus padres a bajo volumen para no despertar al personal, no tenían precio. No había problema en trasnochar, el cuerpo lo aguantaba todo.

Los tres primeros anillos de Bryant (junto a un descomunal Shaq) llegaron relativamente pronto. La sociedad funcionó en esos primeros años casi a la perfección y coincidió con mis años en los que uno parece que se va a comer el mundo y todo rueda a favor.  El volumen del televisor dejó de ser un problema en esa época, ya que me independizé y evitaba así que mis padres me miraran como si fuera un bicho raro, viendo la TV a esas horas.

Tras estos años de victorias, llegó una larga travesía por el desierto para el bueno de Kobe. Problemas personales y deportivos le hicieron sufrir y madurar temporada tras temporada. Yo maduré junto a él, descubrí el maravilloso mundo de la paternidad. Coincidir la toma de los biberones con la hora del partido televisado era todo un reto. Todavía lo recuerdo como si fuera ayer. Una época muy bonita, pero de desgaste físico y psíquico, el mismo que tuvo Kobe.

Después de esos años infructuosos, vimos a un Kobe menos individualista. Junto a Pau Gasol, formó una gran pareja interior-exterior que dominó la NBA durante dos años más. Un Bryant, padre de familia, más calmado, al que se le veia disfrutar. Yo también disfrutaba, viendo crecer a mis hijos. Les iba enseñando ese fantástico deporte llamado baloncesto, aunque ya la energía no era la misma que años atrás y las madrugadas iban dejando paso poco poco a los resumenes diarios.

Volvieron años decepcionantes, que junto a una lesión grave en el tendón de aquiles, aventuraban el fin del camino y el momento de la despedida. Una despedida a lo grande, como toda su carrera y que marcaba el inicio de una nueva vida para Bryant. Personalmente coincidió también con el final y el inicio de otra manera de vivir, nuevas compañías, nueva casa, en la cual las noches de insomnio pasaron definitivamente al olvido. El desgaste de todos estos años me habían pasado factura y eso que yo no era el que estaba en la cancha...

Kobe, gracias por compartir conmigo todos estos años. D.E.P.

viernes, 17 de febrero de 2017

La historia de “The Big Read Head”, un luchador incansable



“Cuando estaba tumbado en el suelo, sin poder moverme y sin tener nada me habría suicidado si hubiera tenido una pistola en la mano. No quería seguir viviendo. Al menos no de esa manera”. Estas desgarradoras palabras salían de la boca de toda una leyenda del baloncesto en la NBA. Uno de los 50 más grandes jugadores de toda la historia según la propia Liga que a lo largo de su vida ha tenido numerosas dolencias y que ha pasado casi cuarenta veces por quirófano.  Éste no eso otro que Bill Walton, un luchador incansable.

William Theodore Walton III, nació en La Mesa, California. Hijo de unos padres que le inculcaron que nada se consigue sin esfuerzo y que hay que luchar por aquello que se quiere. De su padre Ted heredó la afición por la cultura y el arte, pero ni mucho menos el baloncesto. De hecho el propio Bill lo definiría años más tarde, cómo la persona menos atlética que ha visto en su vida. De su madre, ese gen competitivo y esas ganas de luchar que le han acompañado a lo largo de su vida. 

El pequeño Bill, se inició en el baloncesto a los siete años y el hecho que con tan sólo catorce años superara los dos metros de altura, le animaron a seguir adelante con este deporte. Dio sus primeros pasos por el Helix High School, en el cual ya empezó a despuntar. Dos campeonatos de distrito y conseguir un record de 44 victorias consecutivas dan muestra de ello.

Bill creció a pasos agigantados y no sólo en tamaño, sino en todos los aspectos. Un rebelde insatisfecho con el sistema, cómo el mismo se había autodefinido.  Muy unido al movimiento Hippie, participaba en todas las manifestaciones en contra de la guerra de Vietnam y las políticas de Nixon. Seguía una dieta vegetariana muy estricta y su larga cabellera y su poblada barba pelirroja (de ahí su apodo “The Big Read Head”, el gran pelirrojo), unido a su corpulento cuerpo le hacían parecer un ermitaño.

Walton tras terminar su paso por la escuela ingresó en la Universidad de UCLA. Una universidad, que apenas dos años antes había tenido a un jugador de la talla de Lew Alcindor (Kareem Abdul Jabbar) y en la que Bill estaba dispuesto a ser un pívot dominante y referente. Y he aquí, en la Universidad de UCLA, donde conoció a una persona muy influyente en él a lo largo de los años, el entrenador John Wooden.

Wooden, un entrenador de carácter muy conservador y con el que viviría (sobre todo al principio) una tormentosa relación. Un ejemplo de ello se vivió cuando el joven jugador se presentó a entrenar con su melena y su barba pelirroja, a sabiendas que a su entrenador no le iba a gustar demasiado. Wooden le insistió en que se la quitara, el californiano se negó. John lo miró y le respondió: “Está bien Bill, admiro a la gente que tiene firmes convicciones y pelea por ellas. Yo también soy uno de ellos, así que, lo siento, te voy a echar de menos”. Ante semejante órdago, Walton no tuvo más remedio que afeitarse para poder volver al entreno.

Sus múltiples enfrentamientos terminaron en unión. Walton acabó por agradecerle sus mejoras en el juego y por su ayuda también fuera de la cancha. Wooden incluso llegó a sacar de la cárcel a Walton por entrar a la fuerza en un edificio público. 

Entre 1972 y 1974 UCLA encadenó 88 victorias consecutivas y conquistó los dos campeonatos de la NCAA y Walton se convirtió en el completo dominador de la Liga Universitaria. Aún hoy se le considera por muchos como el mejor jugador universitario de baloncesto de la historia.

Sin embargo los problemas físicos comenzaron a hacer acto de presencia, hecho que le seguiría el resto de su carrera deportiva. Tras perderse partidos en su última temporada en UCLA dio el salto a la NBA de la mano de los Portland Trail Blazers, que no dudaron en seleccionarle con el número 1 en el Draft de 1974.

En su primer año en la NBA, pese a un inicio de temporada prometedor, las lesiones marcaron su presencia a tan sólo 35 partidos.  Sus más de 12 puntos y 12 rebotes de media en su año de rookie son dignos de mención. Su segunda temporada, fue prácticamente un calco que la primera. Buenos números estadísticos, pero mala a nivel de lesiones y en conjunto para los de Oregon.

Su tercera temporada sería la de su consagración. Lideró a los Blazers a conquistar el anillo, a pesar de que las lesiones siguieron haciendo mella en su cuerpo. Tras una final apasionante ante los Philadelphia 76ers del Doctor J, Portland se llevó el gato al agua al ganar la serie por 4 a 2. Gracias a sus acciones logró ser MVP de la final. 

Al año siguiente se comenzó a ver incluso a un mejor Bill, el cual logró el MVP de la temporada regular, hasta que su pie izquierdo dijo basta. Y aquí empezó su calvario, que le tuvo que hacer parar y tomarse un periodo sabático. Un tiempo que a la postre fue definitivo ya que aunque su entrenador lo definió como “el mejor jugador, el mejor competidor y la mejor persona que he conocido” cuando ganaron el campeonato, su desencanto con los médicos de los Blazers hizo que Walton abandonase Portland. The Big Read Head se convirtió en agente libre, y decidió jugar con los Clippers, en San Diego. Por aquel entonces los Clippers tenían su estadio y su afición allí.

La vuelta al Oeste no fue todo lo bien que Bill hubiera deseado. Los años en los Clippers fueron prácticamente inéditos. Aunque jugaba un partido por semana, para evitar su desgaste físico, las lesiones se siguieron cebando con él. En su última temporada (ya en Los Ángeles), consigue participar en 67 partidos, aunque sus promedios han descendido y ya no son los de antaño. 

Walton ve que a sus 32 años necesita un cambio de aires e intenta recalar en un equipo con aspiraciones a ganar el anillo de la NBA. Su llamada a Boston fue recibida con recelo, pero Larry Bird, la estrella de los Celtics, no dudó en abrir las puertas del Garden a Bill que se unió a un equipo conjuntado y claro favorito a ganar el anillo.

Y ese cambio al Este fue como volver a nacer para Walton. Se unió a los Celtics y fue tal la confianza depositada en él, que decidió jugar como nunca e ignorar el dolor. Formando parte de la segunda unidad del equipo (Dennis Johnson, Danny Ainge, Larry Bird, Kevin Mc Hale y Robert Parish eran un cinco inicial exquisito e inamovible), se pudo volver a ver la mejor versión del gran pelirrojo. Por este motivo llegó a ser nombrado Mejor Sexto Hombre de la temporada.

Era tal la ilusión que tenía Bill que contagió a Bird y compañía a conquistar el anillo. De hecho, las palabras de las estrellas de los Celtics dan fe de ello. El mismo Larry, tiempo después, declaró que durante toda la temporada habían jugado tan duro como habían podido, y siempre lo habían hecho por Bill. O Kevin McHale, ése ala pívot (versátil como pocos), confirmaba la admiración que le tenían todos: “Ves a un tipo tan viejo como él, con el cuerpo más machacado de entre todos los deportistas, actuando como si fuera un chaval de instituto, y es algo divertido e inspirativo al mismo tiempo. Cada partido era un desafío, y nunca dejó que olvidáramos eso”. En definitiva, la admiración por este viejo rockero fue unánime.

Walton demostró años más tarde, que esa admiración había sido recíproca. En su autobiografía, llegó a proclamar a esa plantilla como la mejor plantilla de la historia para salvar no solo su carrera, sino su vida, o a comparar a Larry Bird, con Mozart o Michelangelo.

El paso de Bill en Boston, fue breve pero intenso. Las anécdotas estaban a la orden del día. Un día entrenando en el Garden, Walton se presentó sin avisar con el grupo de rock psicodélico “The Grateful Death”. Grupo del cual, el bueno de Bill era un declarado fan. De hecho, llegó a verles actuar en más de 650 veces. Incluso, en una gira del grupo por Egipto, llegó a tocar la batería con ellos. Las caras de Bird, Parish y compañía debieron ser un poema, al ver aparecer a todo el grupo sin saber quiénes eran. Todo este episodio, terminó con la invitación de la banda al concierto que daban esa misma noche y con una pachanga de baloncesto, al día siguiente en el Garden.

Nueve años más tarde, con un baloncesto exquisito de los de Boston y en una final apasionante contra Los Ángeles Lakers, Walton conseguiría su segundo y último anillo. Es de obligado cumplimiento para todo amante del baloncesto, haber visto esta Final de 1986.

Pero lo que todo era alegría, se convirtió en tristeza justo al año siguiente. Su cuerpo dijo basta y con tan sólo 10 partidos, tuvo que retirarse del baloncesto.

Tras la retirada, Walton pasó a ser comentarista de la cadena ESPN, labor que se vio recompensada en 2001 al recibir un premio al mejor comentarista deportivo. Si bien cara a la galería su vida parecía ser de color de rosas, lo cierto es que su vida era un auténtico infierno. Años y años en los que el dolor era lo único que le acompañaba. Los intensos dolores no le dejaban dormir, tenía que comer tumbado y a duras penas era capaz de moverse. En 2009, no aguantó más y dejó el trabajo por sus problemas de espalda. Tal era el sufrimiento que en una entrevista llegó a declarar: “piensa en ser sumergido en una tinaja electrificada con ácido hirviendo en su interior…eso no sería nada con el dolor que he sufrido”.  Y fue en ese preciso momento en el que se le pasó la cabeza dejar de luchar. Pensó que si no vivía dejaría de sufrir y el suicidio rondó por su cabeza, pero una vez más, no se rindió y siguió hacía adelante. 

Afortunadamente y tras una última operación en 2010, Walton dejó de sufrir y sus dolores desaparecieron, y con ello su vida volvió a la normalidad. 

Quien sabe donde podría haber llegado Bill si las lesiones le hubieran respetado, lo que sí está claro es que ésta es la historia de un luchador incansable.